viernes, 23 de abril de 2010

Vaticano, divina comedia.

El mensaje del Concilio Vaticano II en su inicio del día 21 de octubre de 1962 era éste: “En esta asamblea, bajo la dirección del Espíritu Santo, queremos buscar la manera de renovarnos a nosotros mismos, para manifestarnos cada vez más conformes al evangelio de Cristo”. El Concilio terminó el año 1965 y la Iglesia puso en él muchas esperanzas para superar el inmovilismo miope, el exceso de racionalismo teológico y la preocupación jurídica que habían caracterizado su devenir post Trento. Las luchas en la Iglesia que siguieron fueron y son fraticidas. Unos buscaban la renovación, otros seguir con la divina comedia.

He conocido mucha gente que en estos años del post concilio han trabajado muy seriamente para que el nacionalismo espiritual centralista del vaticano no ahogara esta fuerza propia de la Iglesia que es el Espíritu Santo. Pero cosecharon un divino fracaso. Si Jesús proclamaba no tener miedo, los señores del vaticano se llenaron de miedos. Si Jesús decía no juzguéis, ellos veían en lo profano una amenaza hacia sus verdades sagradas. Muchas veces, demasiadas veces, los poderosos de la Iglesia ante serios conflictos internos que amenazaban la estructura que defendían preferían ponerse de parte de esta misma institución y dejar de lado a la persona que luchaba o que sufría. Dicho de otro modo, si tenían que escoger entre la verdad o Cristo, se decantaban por la verdad ya que su fe estaba sustentada en una ideología defensiva ante el mundo.

El cristianismo es sinónimo de libertad cuando no se somete a la Ley sino a la acción del Espíritu Santo y se deja llevar por él.

Las denuncias sobre los casos de pederastía rebelan que los santos inocentes abusados por sacerdotes están siendo acompañados por la fuerza del Espíritu Santo que ha dicho: ¡BASTA YA! Ha dicho basta ya de hombres temerosos y poderosos, de sus miedos y sus neuras, de manipulación ideológica de la verdad. No importa que haya sido uno o dos casos porque la Iglesia no es una compañía de seguros y no se debe justificar por frías estadísticas.

¿Es el Estado del Vaticano una Iglesia en sentido propio? No lo creo porque la Iglesia la forman familias, divorciados, solteros, asociaciones, congregaciones religiosas, escuelas, universidades, hospitales, orfanatos, monasterios, entidades culturales, en fin, gente común que viven en una sociedad laica ¿Existe esto en el Estado Vaticano? Los miembros de una Iglesia son personas que procuran estar atentos a las necesidades de la sociedad, tomar responsabilidades públicas y privadas, intentan discernir propuestas de mejora del mundo en el que viven y se comprometen cuando es preciso. Lo hacen movidos por un extraño sentir que da sentido a su personalidad que es la fe, la cual no anula para nada su razón ni les da menos libertad por creer en el misterio o llámele Dios si quiere. Se organizan alrededor de un obispo, nunca alrededor de un papa, para que a esa comunidad no le falten los sacramentos, ni la palabra razonada de la fe en forma de teología ni la caridad en forma de caritas por poner un ejemplo. Pero el Vaticano y especialmente Juan Pablo II se decantaron por una política que fortaleciera la institución. Todos recordamos sus happenings de masas, sus canonizaciones de rebajas dos al precio de uno y la férrea defensa de un celibato que históricamente no existió en la Iglesia hasta bien acabado el primer milenio, y que fue más producto de la envidia de los obispos ante la devoción que suscitaban los monjes entre las gentes que una manifestación de amor por parte del Espíritu Santo. Al Espíritu Santo no le preocupa el celibato sí o el celibato no, esto solo le preocupa al estado del vaticano y sus fieles seguidores. Al Espíritu Santo solo le preocupa que nos puedan conocer por el amor que suscitamos, nada más. Lo otro es mera estructura histórica y si no que se lo pregunten a la suegra de Pedro (Ojo! no me refiero al Pedro futbolista del Barça, sino a otro. Lo digo por si este artículo lo lee algún joven de la Universidad pública o privada catalana o argentina, tanto da)

Hoy la Iglesia deja indiferente a mucha gente, por más que los papas, los obispos y cardenales insistan en decir que son perseguidos por su fe. Llevo tres años viviendo en Argentina y todo esto preocupa muy poco a la gente de aquí. Argentina es un país que en materia de diálogo interreligioso está muy avanzado. En la sinagoga principal de Buenos Aires la comunidad judía allí reunida celebró su pascua junto con invitados de otras religiones como la católica y la islámica y miembros destacados de la sociedad civil y política. La noticia la leí en el diario Clarín. Hoy tengo una reunión con Gustavo Estada, papá de tres hijos y arquitecto. En el bautizo de uno de sus hijos la madrina era de fe judía debido a la amistad que le une con la esposa de Gustavo. Tengo muchos otros ejemplos. Hay mucha normalidad y muy poca preocupación por si la secularización persigue o no a la Iglesia. La gente le pide vitalidad a la vida y la encuentra en las cosas del mundo. La humanidad vive desde hace tiempo delante del templo, no entra en él y se siente bien en este territorio llamado profano (delante del templo).

Les invito a leer la siguiente entrevista publicada en la hemeroteca de la Vanguardia del día 16 de julio de 2008, en ella se explica mejor que yo lo que les quería decir sobre las consecuencias de este nacionalismo espiritual vaticanista de la voz de Monseñor Joan Godayol Colom, obispo emérito de la Diócesis de Ayaviri (Perú). http://hemeroteca.lavanguardia.es/preview/2008/07/16/pagina-60/72541642/pdf.html

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